La Mano de Dios es el único escalón del camino del Gigante que casi no añade nada de sí al portador. Su poder se llama Lugartenencia: la Mano actúa en nombre de la divinidad, la Unicidad o el Antiguo al que sirve, manifestando su fuerza y su castigo.
El precio por esto es peculiar. Salvo la Lugartenencia, la Mano de Dios ya no obtiene nuevos poderes: solo le queda reforzar lo que tenía en las Secuencias anteriores. Pero en breves instantes, sin causarse daño, es capaz de alcanzar el nivel de Sasrir, y si el portador está dispuesto a mutilarse, de convertirse en un semi-Antiguo desechable. La mano derecha de tal Otromundo adopta las propiedades de la entidad a la que sirve, y su propia fuerza sabe condensarla en una marca y prestársela a otros.
El peligro reside en el propio poder. Manifestar un poder ajeno solo puede hacerse por poco tiempo y con mesura: cuanto más habla y golpea la Mano de Dios en nombre de su patrono, menos de sí misma queda en ella: el razonamiento va desapareciendo poco a poco, y el portador se convierte en un verdadero siervo, no en un lugarteniente.
Entre las habilidades de combate, la más notable aquí es la Defensa: las Células se forman de luz densa con un destello naranja, y sobre la zona protegida se deposita otra capa de resplandor inflexible; por tal barrera no atravesará ni el Observador ni la Sombra Espacial.