El Hablador es el escalón donde el Abismo recibe su primer poder verdadero: una parte de dominio sobre la Corrupción, concentrada principalmente en los ámbitos de la Mente y el Espíritu.
Como Permanente de tercera etapa, responde a las oraciones dentro de un cierto radio.
El ritual de ascenso es sorprendentemente astuto y no se parece en nada a los anteriores ritos sangrientos del camino: hay que encontrar la manera de sellar un pacto, urgente o indefinido, de «vida y muerte comunes» con un semidiós del camino que posea propiedades purificadoras —como el Sol o el Gigante—, o bien con un semidiós del camino que signifique vida, como la Madre. Y tomar la pócima mientras el pacto siga en vigor.
El sentido es evidente: la corrupción que acompaña a la pócima del Abismo se apaga con la pureza ajena tomada en préstamo. El portador se asegura literalmente con la vida de otro.
En la composición, además del cerebro del diablo verbal y la piedra de almas del demonio de las almas, figuran nueve botellas de lágrimas de quienes cayeron en la desesperación, y de personas distintas.