Suplicante de la Luz — el grado donde el camino del Sol asume su oficio principal: la luz y el fuego contra los no muertos y los espíritus malignos. Los conjuros no son muchos, pero cada uno es práctico.
Luz solar: el Suplicante enciende una luz como la del sol del mediodía: golpea con dureza a los cadáveres y a los fantasmas y ciega a todo lo vivo alrededor;
Bendición: para sí mismo y los aliados: debilita el miedo, el frío, la oscuridad y el efecto de la muerte, y, por el contrario, intensifica el daño contra los no muertos;
Luz diurna: diez metros a la redonda se llenan de luz, y de ahí en adelante se propaga por sí sola;
Visión nocturna: en los ojos del portador se encienden dos «soles diminutos», y la oscuridad deja de ser un estorbo.
Además de los conjuros, el Suplicante recibe el conocimiento de la magia ritual del ámbito solar — y esto es más importante de lo que parece. El rito no exige un grado elevado: exige conocimiento, precisión y tiempo. A través de la magia ritual, el Suplicante de la Luz logra lo que, de otro modo, solo está al alcance de los seres del más allá muy superiores a él — y es justamente esto lo que convierte el octavo grado de un humilde asistente en una unidad de combate autónoma.
El olfato para el mal completa el cuadro: el portador percibe la presencia de los no muertos y de las entidades malignas antes de que se manifiesten. Para el trabajo de la iglesia, esto vale más que la mitad de las técnicas de combate: la mayor parte del oficio consiste en comprender a tiempo con qué se está lidiando.
Es precisamente desde este grado que comienza el servicio por el cual la Iglesia del Sol Eterno y Llameante mantiene a sus hombres: hallar lo impuro y abrasarlo. Todo lo que venga más adelante por el camino — la purificación, los pactos, la justicia — crecerá a partir de estos cuatro sencillos conjuros.