El Mentor del Desorden es la mitad del camino y el primer escalón al que no se sube sin el ritual de ascenso. Aquí el Emperador Negro deja de socavar el orden ajeno y comienza a imponer el propio —mejor dicho, la ausencia de todo él.
El Desorden actúa sobre el objetivo o sobre todo el espacio circundante. Es difícil acertar al Mentor: los golpes parecen pasar de largo por sí solos. Los enemigos «eligen» decisiones equivocadas, como por voluntad propia. Es capaz incluso de alterar las medidas de distancia, de modo que el oponente falla no porque apunte mal, sino porque la distancia dejó de ser fiable. En combinación con la Distorsión, ese mismo Desorden saca al portador del control ajeno y de las posiciones desventajosas.
La segunda habilidad — Presencia dominante: el Mentor muestra tal grandeza que a los demás les dan ganas de inclinarse y cumplir cualquier orden suya.
La Distorsión recibida por el Barón de la Corrupción también crece. Ahora distorsiona no solo las palabras, los actos y las intenciones, sino también los propios conceptos de uno mismo y de la meta: las maldiciones, las enfermedades y demás calamidades comienzan a repartirse por igual entre ambos.
El ritual de ascenso está a la altura: la ciudad debe pasar a manos del portador, y su criminalidad, más que decuplicarse.