La Rueda de la Fortuna es la cima del camino, y sus facultades son cuatro, todas sobre cómo está dispuesto lo que acontece:
El Destino — poder clave que proviene del simbolismo del Destino; no es pleno, porque sus partes las tienen también otros caminos, pero precisamente la Rueda de la Fortuna es la encarnación del destino, y de la suerte, y de la desdicha a la vez, con especial inclinación a la previsión;
La Probabilidad — segundo poder clave del mismo simbolismo: el portador controla la probabilidad de los acontecimientos y el comportamiento de las personas y los objetos en todo el mundo;
El Ciclo — del simbolismo del Retorno: el retorno al cuerpo materno, a la fuente original, al principio más antiguo; el canon lo llama el instinto del propio universo;
El Desorden — una de las manifestaciones del simbolismo correspondiente: la esencia del destino es el desorden, y él encarna la locura.
El Reino Divino de la Rueda de la Fortuna se llama el Mundo del Cono de Luz — un ámbito compuesto enteramente de probabilidades, donde todo movimiento corresponde a una tirada de dado con distintos números.
La característica de la cima es, mientras tanto, engañosamente simple y, quizá, la mejor broma del canon en este camino: un dado de juego blanco hexagonal ordinario con puntos rojos en las caras.
El ritual de ascenso le va a la par. Nada de lista de pasos: hay que encontrar en el curso del destino la ocasión correcta — y tomar la pócima. El canon señala expresamente que esta ocasión no puede ni ser calculada, ni predicha, ni fijada de modo alguno. Solo se pueden eliminar algunos obstáculos y esperar con paciencia a que se presente.
Para un camino que durante todo el trayecto aprendió a controlar la probabilidad, el final resulta burlonamente honesto: la última tirada nadie la hará por ti.